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Parametría en Medios
Entender al electorado
04/Oct/2010
Por: Voz y Voto. Francisco Abundis
La crítica a los investigadores de opinión pública y de análisis electoral, y en general a las encuestas, luego de las elecciones del pasado 4 de julio, se sustenta en que no ?le atinaron?, no hicieron un ?pronóstico? o se utilizaron con fines políticos en desplegados de propaganda, entre otros tantos cuestionamientos.
Estas críticas revelan mucho de los temas que todavía tenemos que discutir y lo básico del debate. Más allá de hacer una defensa del gremio, y sin pretender entrar a esta controversia ni en otras como aquélla sobre la calidad de la información pública contra privada, me gustaría hacer una defensa del método de encuestas estrictamente como instrumento de análisis o incluso de estrategia, porque defender su uso, sobre todo el político, es un poco más complicado.
El argumento más sencillo para entender la utilidad de las encuestas ?en particular las de salida? es que nos sirven para explicar los resultados de la elección y entender mejor el comportamiento del ciudadano que emite su voto, sobre todo cuando este comportamiento es cambiante y poco predecible, como el del elector mexicano, a juzgar por la pasada elección.
El uso mediático de la encuestas de salida, donde se dan ?primicias? y busca demostrar cuál es la ?mejor? televisora en función de quién vio primero al ganador, es muy limitado, por decir lo menos. En esta elección, los medios de comunicación llegaron al punto de violentar disposiciones legales o acuerdos políticos con el propósito de dar un ganador antes que los demás. Con este esquema los medios asumen el papel de un actor político más, el de un árbitro que, en lugar de contribuir a la certeza del proceso electoral, se contrapone a las disposiciones legales, reta a las instituciones y en alguna medida las cuestiona.
Resulta irónico que los medios de comunicación quieran atribuir la controversia que ellos mismos generan al gremio de la investigación electoral o de opinión pública. Es como si ignoraran la confusión que generan con sus ?primicias? adelantadas en el día de la elección, con la aceptación de inserciones pagadas en sus diarios sin validación de información durante el periodo de campañas, o con la filtración de encuestas preelectorales que se asumen como notas en reportajes o incluso como periodismo de investigación.
Algún día, espero no lejano, los medios se darán cuenta que la utilidad de las encuestas está en contar una historia que nos explique qué sucedió en días tan importantes como la pasada jornada electoral. Para conocer resultados, afortunadamente hay mecanismos como el PREP, y luego los institutos electorales que contarán las actas y, si es necesario, los votos. El papel del medio no es ser árbitro, para fortuna tenemos instituciones que tienen asignado ese papel.
Los resultados de las encuestas de salida y los conteos rápidos tienen un tiempo útil muy corto en su dimensión mediática de no más de cuatro o seis horas, entre seis de la tarde y doce de la noche, como máximo. Es información útil en tanto esperamos a que el PREP tenga un número de casos suficiente para marcar una tendencia, aunque siempre habrá elecciones cerradas donde el PREP no baste para definir una tendencia y se tenga entonces que esperar al conteo de actas, como sucedió en la elección presidencial en 2006. Sobra decir que si el PREP no puede resolver una necesidad informativa en estas condiciones, mucho menos lo podrá hacer una encuesta o un conteo rápido. Lamentablemente esto a veces se olvida y se les demanda mayor precisión a las encuestas, cuando es técnicamente evidente que el método no da para más.
Los resultados del ?súper domingo? son tan inesperados que vamos a pasar algún tiempo intentando entenderlos. Las encuestas de salida no dan explicaciones definitivas, pero por lo menos nos permiten elaborar mejores hipótesis. Si bien las encuestas preelectorales ya apuntaban hacia algunas de estas explicaciones, los ?exit polls? son el instrumento de análisis más poderoso, porque se entrevista al elector en el acto de la votación, sin que haya falla de memoria sobre lo que acaba de hacer, aunque sin duda siempre tendremos el problema de un posible voto oculto.

¿Por qué ganaron las alianzas?
Tal vez ésta sea la pregunta más relevante a que responder. Para propósitos de este artículo, llamaremos alianzas a las fuerzas que contendieron contra la opción PRI-PVEM, que de hecho fue otra alianza, aunque menos amplia, y nos referiremos sobre todo a los casos de Puebla y Oaxaca. Las alianzas que ganaron cumplieron por lo menos tres condiciones. Primero hubo un arreglo en el nivel dirigencia nacional, es decir, entre los líderes de partido. Segundo, hubo un acuerdo entre las dirigencias locales (condición que no se cumplió en Hidalgo) para la aceptación del candidato común. Y finalmente la explicación validada tanto por mediciones preelectorales como por encuestas de salida: la imagen de los candidatos era más que las marcas del partido que los proponía. Ése fue el caso de las tres alianzas ganadoras. Tanto Rafael Moreno Valle como Gabino Cué y Mario López electoralmente valían más que sus partidos postulantes (éste no fue el caso de Xóchitl Gálvez o de José Rosas Aispuro). Es decir, la alianza sirvió más como una plataforma para una candidatura que el electorado ya apoyaba.

Conocimiento y opinión del candidato
Independientemente del partido al que pertenecieran los candidatos ganadores, la opinión que se tiene de ellos es una de las variables que más explican la preferencia del electorado. Los candidatos de quienes se tiene la mejor opinión ganaron su elección, y este argumento aplica no sólo a las alianzas sino incluso a los candidatos priistas que ganaron elecciones donde gobernaba un partido opositor. Las opiniones positivas de Miguel Alonso en Zacatecas, Carlos Lozano en Aguascalientes y Mariano González en Tlaxcala fueron superiores a las de sus contrincantes más cercanos. En algunos casos, como es el caso de Gabino Cué y Miguel Alonso, la ventaja en buena opinión fue hasta de veinte puntos.
Estos candidatos, a diferencia de la mayoría de sus contrincantes, cuentan con carreras públicas visibles en sus estados desde hace más de diez años. Oaxaca y Puebla son probablemente los casos más ilustrativos en los que los candidatos del PRI-PVEM no sólo merecían una opinión menos favorable, sino niveles de conocimiento al inicio de la contienda menores incluso que los de otros aspirantes de sus partidos al gobierno del Estado.
La prioridad dada a la evaluación del candidato por encima de otras variables, como el partido, también indica que el elector evaluó la oferta política por sus propios méritos. Es decir, la evaluación del candidato resume en alguna medida muchas otras variables como el programa, las propuestas, etc.

Clientelismo
La mitad de los estados en contienda en las doce elecciones a gobernador cambió de partido. Con esta tasa de cambio sería difícil argumentar que los ejecutivos locales son ?caciques? invencibles, a no ser que se sugiera que el mandatario tenía un arreglo con el partido opositor (lo cual se ha mencionado en Aguascalientes y Tlaxcala).
Para los tres triunfos de las alianzas, o el del PRI-PVEM en Zacatecas, habría que dar crédito a los electores, en particular en aquellos estados donde la participación creció de manera histórica o respecto a su referente más reciente. Es el caso de Oaxaca, que sube de 50 a 55 por ciento, la participación más alta de los últimos 25 años. Zacatecas cinco puntos más que la anterior y por debajo sólo de la de 1998 en los últimos 30 años; de Sinaloa la más alta desde 1980. Sólo Puebla baja ligeramente a un 52 por ciento, con un porcentaje anterior de 55, que de por sí ya era el histórico más alto también desde 1980.
Sin duda, el antídoto más eficaz contra las prácticas clientelares son altos niveles de participación. Por ello se puede argumentar que por lo menos en cuatro de las seis elecciones de las que surgió alternancia, la explicación del resultado de la elección, no sólo por el margen de diferencia sino por el porcentaje de participación, está sin duda en el electorado.

Voto y aprobación del Ejecutivo
El debate sobre clientelismo se podría ver resuelto por estos porcentajes de participación; sin embargo, a partir del 4 de julio se ha discutido si fue más importante el clientelismo federal o el local. Si acaso existió tal práctica, las encuestas tienen recursos muy limitados para saberlo, pero siempre hay variables que pueden darnos algunas pistas a partir del análisis de elecciones pasadas.
Una forma imperfecta de saber si estos mecanismos pueden haber actuado sobre el electorado es registrar si existe alguna correlación o sesgo entre la preferencia por los candidatos de alianza y quienes aprueban la gestión del gobierno federal, o por el otro lado, saber si están asociados quienes votaron por los candidatos de la fórmula PRI-PVEM y quienes aprueban al gobierno local. Correlación o sesgo se podrían interpretar de la misma manera; es decir, si los programas o cualquier otro mecanismo clientelar tuvieran algún efecto, esperaríamos que la aprobación por este Ejecutivo fuera mayor, y entre quienes aprueban más al Ejecutivo federal o local, se registraría una mayor preferencia por el candidato de su partido. No es la mejor forma de medir el efecto del clientelismo, ni los resultados son definitivos, pero pueden ser sugerentes.
Aquí el resultado de exit polls arroja que en Oaxaca hay una mayor propensión (de 20 por ciento de diferencia) a votar por la fórmula PRI-PVEM entre quienes aprueban a Ulises Ruiz, mientras que este sesgo para el caso de Gabino Cué es sólo de 2 por ciento. Si acaso se ejercieron presiones o prácticas clientelares para favorecer a Eviel Pérez, no fueron suficientes o carecieron del grado de eficacia necesario para afectar el resultado o cambiar en el agregado la preferencia de los oaxaqueños.
En Puebla los resultados son similares. Si bien el porcentaje de quienes votaron por Moreno Valle y aprueban al presidente presenta un sesgo de diez, es mayor (17 por ciento) el de quienes aprobaron al gobernador y votaron por López Zavala. Es decir, ambos candidatos se habrían visto favorecidos por la actividad de los ejecutivos a nivel federal o local, más en este último caso, pero a juzgar por los resultados, tampoco bastó para cambiar el resultado de la elección.

Voto retrospectivo
Probablemente uno de los hallazgos más refrescantes de esta elección sea lo que podríamos denominar ?voto de castigo?. Sin duda, los electores reconsideran sus decisiones. Dos ejemplos emblemáticos son Oaxaca y Puebla. Al revisar de dónde vinieron los votos por Moreno Valle, se observa que 24 por ciento de los electores que votaron por Mario Marín hace seis años, lo hicieron ahora por el candidato aliancista. Es decir, uno de cada cuatro de los electores del actual gobernador Marín cambió su preferencia de partido en esta elección. En Oaxaca el porcentaje de cambio es similar al de Puebla, 20, lo cual indica que uno de cada cinco electores que votó por Ulises Ruiz en la contienda anterior optó por Gabino Cué.
Las razones por las cuales estos electores dejaron de creer en sus gobernadores o en los candidatos de sus partidos no son claras. La interpretación más sencilla es la que sugiere desaprobación de su gestión. Pero una interpretación alterna, aún más optimista, es que simplemente decidieron probar otra opción política.
Asimismo esta variable reporta que poco más de la mitad del electorado que no votó en la elección pasada y que se asume en mayoría como nuevo votante, lo hizo por Rafael Moreno Valle o por Gabino Cué, en órdenes de 52 y 54 por ciento, respectivamente. Este dato es consistente con las tendencias que se observan por edad: a menor edad mayor la preferencia por los candidatos de la alianza.

Conclusión
En resumen, los indicadores que arrojan las encuestas de salida sugieren que los electores deben recibir crédito por su independencia, por su atención en la elección, por votar evaluando las opciones en contienda y por sus niveles de participación, entre otros. Las interpretaciones que asumen al electorado como instrumentos de las dirigencias partidistas parecen muy limitadas. Esta elección habla muy bien del votante mexicano; debe ser un motivo de celebración.
La anterior es sólo una lectura de las muchas que se podrían hacer si investigadores de opinión pública y medios de comunicación tuviéramos como propósito entender mejor al electorado. Sin embargo ambos, sobre todo estos últimos, siguen en el uso limitado de la ?primicia? de la noche electoral. Sin duda, bajo esa óptica parece que las encuestas no sirven para mucho.
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